(Una historia de Piratas, doncellas, amor y desengaño, escrita como siempre en intervalos y días y momentos dispersos entre sí… Eso sí, bajo la lumbre y el sol de mis refugios cada vez más asiduos a la tierruca y narrando no sin mi habitual y peculiar desengaño y melancolía todos los acontecimientos servidos a bordo de la Perla Negra desde hace 12 meses… Apretaros el cinturón)

Escucho (a todo volumen) “Only for You” de Heartless Bastards. Os aconsejo que hagáis lo mismo.

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(15 de Marzo 2015). Interior casa de piedra en pueblo medioeval.

Encoger (que no quiere decir escoger) la carretera de camino al norte de España con la mira del mundo puesta del revés, un miércoles noche lleno de lluvia, huyendo con una sonrisa pícara como la del que acaba de cometer un delito asegurado contra el sentido común y la buena educación social… Es seguramente una de las siete maravillas que componen mi vida de hoy en día, tras casi un año sin escribir sobre este medio. Brazos abiertos contra el viento y las bajas temperaturas, la sonrisa del que huye hacia un paraíso asegurado y la despreocupación del que deja su lado oscuro y la catarsis del día a día urbano encerrado en un cajón, encerrado en un desván, encerrado tras los atrezos de una película antigua.
Con la misma emoción que recuerdo haber sentido a lo largo de los no relatos de momentos mágicos de los últimos 37 años de mi vida, echo la cabeza hacia atrás y dejo que el ruido casi melódico de la misma emoción transformada en el aliento caliente y translúcido de mis perros sobrevuele mi pelo recogido. Entonces, esbozo la sonrisa más firme que seguramente haya marcado las arrugas de las comisuras de mi boca en las últimas series ininterrumpidas de 24 horas de existencia.
La ciudad suele aniquilar mis sonrisas y sobre todo el tamaño de ellas. La felicidad es otra cosa por supuesto. Pero las sonrisas son momentos que le raptamos a la temible congruencia de nuestras vidas y que afloran sin casi poder remediarlo: de manera incontrolable delatan que en algún lado de nuestra torturada y sedimentada consciencia, todavía algo nos susurra al oído de nuestra imaginación cierta valiosísima dosis de inocencia (el don más preciado contra la reconstrucción del paso de las edades). Con esa misma sonrisa emprendo un viaje que desencadena de manera natural y sin premeditación, las mareas y las tormentas cotidianas dejándolas atadas con un hilo de lino fino a mi meñique que en su reafirmado protagonismo, me impulsa como un peso hacia la vida real. Sonrío porque la huída fascina mi imaginación devolviéndole esa sublime capacidad de reinterpretar las horas, y los hechos, que acontecen a cada segundo, se tiñen de una suave bruma parecida a las de unas fotos al amanecer de un campo verde con una casa de piedra y una chimenea apagada. Ese silencio que se come a bocados mi vida atormentada, me devuelve casi a la vida. Trozos de una vida que, quizá, jamás pensé que pudiera recobrar el más mínimo sentido y que se hundiría como muchas partes de mi bajo la pesadumbre de una arena tosca y pesada.
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Quitarle importancia a los hechos, así como a los años y sobre todo, a los acontecimientos que malamente apenas podemos controlar y evitar, nos vuelve más heroicos y también incapacitados cuando tendemos a quedarnos atrapados en algún agujero. Esto- sobrevivir a las tormnetas con una sonrisa y quitarle importancia a los pequeños dramas diarios- es lo que mi latido le ruge y le susurra a mi corazón cuando al alba y con el alma recién desperezada, bajo aún en pijama y en calcetines por la calle del Racial empedrada como mi querida Roma, hacia el gran parking rodeado de campo verde con los chicos mordiendome los talones de la felicidad. Paso por delante de la pequeña tienduca de madera de Luci que aún esta cerrada y abro los ojos ante un pueblo que le robó el tiempo a la serenidad y que parece encerrar los secretos de la humanidad desde hace 700 años. Santillana del Mar se abre ante mi balanceándome al son de las campanadas de la colegiata que retumban solitarias, el ruido de las gallinas y de las palomas, de los pájaros y al fondo el campo verde y reluciente donde dejo reposar mi imaginación y olvido todas las tristezas y los problemas que despiertan conmigo cada mañana.

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Vuelvo a sonreír pensando por donde debo empezar. Diablos, han pasado 12 meses desde la última vez que escribí y el tiempo no perdona y el atasco en mis dedos tampoco. Mi mente se rebela por este repentino ejercicio de protagonismo y se queda plácidamente olisqueando su triunfo sobre la materia poniéndome trabas y obstáculos. Al final, hasta el camino más fácil necesita trabajo. Así que aquí me encuentro, sentada de nuevo delante de mi ordenador con la cabeza preparada y sin embargo, bloqueada por unos dedos ásperos que ahora bailan maliciosos sobre todos mis recuerdos.

Hago memoria y doy un vuelco a los últimos 12 meses y medio y casi, vomito; debo cerrar los ojos para no sentir que estoy montada en una de mis odiadas montañas rusas (nunca he entendido el placer de darle la vuelta a mi estómago y encima por un precio tan alto) para no perder el norte. Debería olvidar completamente el 2014 (aunque si soy fiel a la historia, esto es imposible), un año que hubiera preferido haber pasado en coma etílico… Aunque al mismo tiempo reflexiono, ¿ Quienes somos nosotros para atrevernos a perder ni un mínimo segundo de esta vida tan valiosa que tenemos la suerte de respirar y de seguir viviendo día tras día, anochecer tras anochecer y amanecer tras amanecer? (increíble como el propio gesto de encenderse y apagarse del mundo a diario y sin descanso, nos parezca tan obvio y dado por hecho, tanto que pasa completamente desapercibido).
Así que supongo que debo rendirme y que lo más fácil sea retomar la historia por donde la dejamos. Ya que como bien sabemos, soy una contadora de historias. Y aveces, de milongas.
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Tras el incendio, las cosas se pusieron muy feas. El problema de perderlo todo de un día para otro y cuando vives como puedes al día, claramente como nosotros, es que no tienes ninguna capacidad de reacción. Creo que asumí esta derrota de una manera que casi ni recuerdo: todavía estaba en coma emocional por la dura y dolorosa muerte de mi madre. Y además, mi mejor amigo, aliado, compañero y marido llevaba viviendo en áfrica desde hacía más de 6 meses. No es una queja, en realidad esa era mi realidad y lo había asumido. (como siempre repito y nunca me dejaré de repetir, no tengo ningún derecho a quejarme viviendo y respirando en el lado bueno del mundo y cayendo siempre de pie). Esto no quita claro, que me sintiera terriblemente sola. No soy una persona dada a expresar mis emociones, ni a compartirlas cuando me siento derrotada. De hecho las personas dejaron de gustarme hace mucho tiempo, demasiado para no darse uno cuenta y aceptarlo. Tampoco me gusta pasar tiempo sin sentido y socialmente debido con otras personas, tampoco me gusta mostrarme. Por lo tanto la soledad necesitada pronto se convirtió en tristeza. El incendio sólo se posó sobre mis hombros y me sacudió, en realidad ya había cruzado hace tiempo el umbral de lo que humanamente podía soportar, así que como pude y sin recuperar la cordura del todo, seguí hacia delante sin mirar y apretando bien los dientes. Aún así sólo hice lo que sabía hacer: seguir hacia delante, como siempre, creyendo sin saber ya ni porqué ni como, y avanzando cargada más que nunca de una pesadumbre cada vez más insoportable. Apretar los dientes y seguir, pasara lo que pasara, es algo que sin lugar a dudas nunca ha tenido que pedir permiso a mi conciencia ni a la erguida vida que los humanos planeamos y nos apresuramos a idealizar. Apretar los dientes significa morder el polvo y sin tragar, respirar. Continuar siendo morfológicamente como los demás, incluso apresurarse a emitir los mismos signos de unión civilizada… Pero por dentro, sencillamente, perder completamente la cordura.

Esta Perla Negra, la mayoría de las veces, es decir, los 300 dias de los 365 días que componen un año, sólo me ha dado dolores de corazón y de todo tipo… Problemas, más problemas. Preocupaciones. Angustias. Desesperación. Amargura. Tragicas catasfrofes y tragicas peleas. Disgustos sin parar y la terrible y dolorosa conciencia de haber creado algo que sencillamente brilla pero al mismo tiempo saca todo de mi y que, desde luego con mis mandos tan imperfectos, pasa por tormentas y borrascas cada vez más furiosas. Quizá esta Perla Negra sea solo el resultado de mi enfermiza cabezonería y un instinto feróz y casi venido del ultramundo de la supervivencia ( me tapo los ojos con las manos y clavo mi mirada hacia arriba buscando una respuesta).

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Quizá, mi querida y amadisima Perla Negra nació como el rugido de un corazón inconsciente y salvaje que simplemente quería crear un mundo de magia rodeado de sus amigos mas queridos. Al final, no todos los amigos no son tan queridos y la convivencia entre tantas marcas en un único espacio gestionado por un alma indomable e irracional como la mía, se fue haciendo cada año más dura y cada año más compleja aunque en secreto, y sin que nadie me oiga, a mi lado los valientes más que amigos siguen danzando y haciendo que mi día a día valga la pena (Gracias mi Anamer por seguir siempre y por enseñarme tanto). Una convivencia muchas veces cargada y atacada por el desencanto y la amarga desilusión atraídas y traídas por mi propia conducta implacable y difícil. Pero como no todo es blanco o negro, por supuesto también nos vimos afectados (y hasta muy poco) por la envenenadora decepción crónica de las pieles de lagarto que dejaron la muda en alguna esquina y caminaron deslizandose y arrastrandose con una sonrisa de triunfo sobre su lengua viperina mientras siseaban al canto de los tacones afilados y los labios pintados de rojo. Y ciertamente, y sin resentimiento alguno, es lo más habitual en la ley de la jungla. El único detalle escabroso (y el más interesante) se refiere a que ni mi corazón, ni mis terribles aptitudes como gestora, ni mis infernales y encontrados sentimientos cuando la falta de sentido común altera completamente mi forma de expresarme humana y me convierte en una especie aún en vias de evolución, han ayudado a la inevitable desvirtualización (falta de virtud) del mágico País de Nunca jamás convertido en escenario reproducido típico de un estudio de cine o de grabación. Para todo esto, y para muchas otras cosas que incumben y se refieren al abordaje de situaciones y escenas propias de una vida normal, una normalidad atrapada por la necesidad absoluta de ser bueno en casi todo y a la vez, sumida y aburrida por una perfección propia de la nueva especie humana… He de confesarlo: soy absolutamente y ferozmente negada. Soy una soñadora empedernida, no mido la realidad con una consciencia normal sino animal, y el ensoñamiento y la despreocupación por los acontecimientos reales con un pie en las nubes y el otro en la tercera estrella a la derecha, hace de mí una persona terriblemente poco apta para la supuesta vida real y absolutamente inconcebible para la sociedad actual encerrada en ciudades y emborrachada de vanidad, ambición y materialismo. (Qué drástica soy!)
Seamos sinceros: yo no pertenezco a este mundo con estas calles y estas reglas, esos edificios todos iguales me ciegan y me dan ganas de ir al baño, el asfalto me da urticaria y pone al límite mi resistencia física (mareos, taquicardia, cambios de humor, falta de oxígeno). Mi impacto brutal con la supuesta concesión de realidad trastorna de manera casi animal mi corazón, demasiado acostumbrado a ser el protagonista de cada obra. Aún tras años de terapia y la constante, entregada y amorosa paciencia de mi marido intentando entender porqué mi manera de ver la vida y apreciarla es tan distinta a la de todos los demás, mi impacto cual misil sobre ella hace que me despedace en millones de micro partículas… Lo cierto es que este trastorno identificado en los libros no termina de curarse y es más, suele hacerse aún más agudo en momentos de resistencia máxima. Y lo cierto también, es que como solía decir mi abuelo materno, en esta vida para poder hacer, decir y ejecutar determinadas acciones, incluso imaginarlas o por supuesto llevarlas a cabo, no hay que tener pelos sobre el estómago. Y yo debo de ser como un perro recubierto de un manto de diminutos millones de pelillos que recubren mis puntos débiles protegiendo del frío mi piel blanca.
Pero no todo son tormentas. El último año, simplemente, ha sido más duro seguramente de lo que ya cabía imaginar tras todo lo demás.
Después del incendio trabajamos como pudimos, repito, intentando reconstruir lo que habíamos perdido. Y si pudimos levantarnos con tanto coraje tras la derrota fue también y en gran parte, por los millones de mensajes de amor y de apoyo que recibimos y que llenaron de lágrimas mis ojos pero de orgullo mi piel.

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1 de Abril. Interior, casa de piedra. Santillana del Mar.

Lavo mis manos con el agua helada que cae sobre mis dedos blancos mientras abro delicadamente unas hebras de guisantes en mi pequeña, blanca, antigua y curiosa cocina heredada tal y como estaba desde hacía por lo menos treinta años por tía Ninia (este personaje se merece un libro entero)

Por la pequeña ventana que asoma desde la cocina, vislumbro otra ventana que pertenece a la buhardilla del pequeño y antiquísimo edificio que linda con el nuestro. Al fondo y a través de la forma triangular que combina madera y piedra, veo al fondo un campo verde decorado de vacas y una bruma que rodea un valle encantado casi todas las mañanas al alba. Mi naríz recupera la posesión de todos sus sentidos y como si fuera obra de algún mago misterioso, ese olor a vida penetra en mi mente con un billete de gran clase y suspende cualquier retazo de viciado e insanamente repetitivo estrés compulsivo obsesivo ligado a la tierra de la realidad dejada atrás. De repente, la angustia por sobrevivir al ritmo deshumano de la ciudad que danza sin piedad y crueldad, segundo tras segundo sobre mis pensamientos más arrebatadores y románticos se difumina, y con una gran sonrisa maliciosa y al mismo tiempo inocente, me rindo ante la vision de mi yo más sereno y despreocupado, como si de repente mi cuerpo se hubiera transformado en el de una niña de 10 años que yo misma, nunca había olvidado. Un olor que deja rendido a mi instinto de supervivencia ya innecesario, y relaja mi tenaz corazón agobiado por el sentido común embotellado en años de experiencia. Un olor muy particular que se coló sigilosamente para nunca irse cuando aún era una niña, aún cuando no conocía esta tierra ni este mundo; un olor que me daba cobijo y que me envolvía a salvo bajo una capa de placer y absoluta confianza. Un olor que me llevaba de la mano hacia un lugar extrañamente ya conocido y en el que debía de haber estado en cualquier otro momento de mi existencia. Un olor sencillo, de esos de toda la vida por los siglos de los siglos almacenado en la memoria colectiva de nuestra historia más sencilla. Un olor que al mismo tiempo es tenue y suave como una caricia; un olor a leña quemada que sobrevuela discretamente los cimientos y que, sin contaminación alguna, utiliza su percepción desenfocada para alcanzar la serenidad que se otorga y que premia el amor por las cosas sencillas, y no por las que nos hemos tenido que esforzar en conseguir tras tanta obsesión por el progreso y la posesión. Olor a cocido montañes cocinado hora tras hora, segundo tras segundo, día tras día con la misma constante y apasionante paciencia convertida en costumbre (qué maravillosa costumbre esa de tener paciencia… Creo que la mayoría del mundo que respira del lado bueno no tiene ni la menor idea de lo que significa. Empezando por mi misma). Paciencia, y de ello, el saber saborear y disfrutar de cuando el tiempo no tiene fin, de cuando no tener tiempo resulta ser el guión de una película de televisión que deja muy poco a la imaginación. Olor a guiso, a chimenea de alo blanco y espeso que vaga por el aire sin encontrar obstáculo alguno; a silencio. Olor a silencio, calma y más silencio. Olor a pájaros hablando e intercambiando visiones sobre la existencia humana; olor a bruma matutina. Olor a largas charlas con un desconocido, o con miles de ojos que se cruzan y que nunca tengo tiempo de escuchar. Olor a campo verde y mojado. Olor a vaca, caballo y oveja en libertad. Olor a libertad y a liberación. Olor a ternura, al sosiego que se entrega sin preguntar al descubrir los secretos de la vida y de sus habitantes en medio de la nada natural, persistiendo indiferente, ante la construcción de nuestro hipotético mundo perfecto. Me siento como un joven Darwin pisando por primera vez estupefacto las islas Galápagos. Jaque Mate a la imaginación.

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2 de Abril. Interior. Por favor, un poco de seriedad: vayamos al grano.

A ver… ¿Por dónde íbamos?
Si, nos recompusimos como pudimos. Entrar en detalles me aburre terriblemente. Fueron meses muy duros, muy sacrificados y poco comprensivos, meses solitarios. Pero lo cierto es que estábamos como locos por volver a abrir, cada día que pasaba parecía agarrar y atrapar el silencio de los rumores (cotilleos, maldades e impertinencias de las lenguas desfibradas y recelosas de los que con zarpas esperaban la caída definitiva para hacerse con el bombón de Hermosilla 26) y me resistía a quedarme impávida con los brazos cruzados. Y así lo hicimos, 3 meses más tarde y más relucientes y más nuevos que nunca, volvimos a abrir. Con lo poco que teníamos y a sangre fría. Fueron tres meses de análisis: volvíamos a empezar y quisimos aprender de los errores y hacernos a la idea que el ritmo de Towanda perseguía el alo de nuestra Perla Negra. Y nos adaptamos. Nos transformamos, nos mimetizamos con la dureza y los momentos complejos de tener al fin y al cabo, un negocio en España y ser emprendedor, y más en Madrid: una ciudad que a lo largo de mis años como tendera (que ya son 13) se ha convertido en una auténtica jungla: pero esta vez no animal sino sintética y robotizada en la que ya no hay reglas humanas ni animales (esto no quita que es una ciudad mágica en sus esquinas y que me acogió siendo una adolescente y me acunó en mis años mozos). El hecho es que el todo poderoso no se distingue por las leyes del cosmos, sino por las del más fuerte, el del más ambicioso, el más listo, el del más rápido en la copia, el del más atrevido, el más interesado y por supuesto el más veleta (siempre hay alguien dispuesto a recoger las migas de tus huesos rotos). Así que evolucionamos, cambiamos radicalmente, nos hicimos más pequeños dejando paso a otros valientes de gran corazón, y ocupamos la parte exterior de nuestro jardín y nos reinventamos. Y asumimos, definitivamente, que los sueños y la magia habrían de ser dosificadas y redirigidas, y que todo lo demás, y por supuesto todos los demas, formarían parte de un engrudo incomible y conformista que por el momento, no teníamos ninguna otra opción que tragar con un gran vaso de agua y sin dilatarlo demasiado.

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El verano fue, entonces, sencillamente necesario. Y Maravilloso para mi alma. Fueron largas semanas de recuperación, de descanso y de entrega a la paz y a la calma. Un verano marcado por un eucaliptiano bálsamo para mi corazón: las heridas profundas ya no me atormentaban cada noche y había comenzado a recuperar poco a poco el espacio necesario en mis pulmones para mí misma, para más y nuevos recuerdos, para más momentos de ternura necesitada. A veces tienes que tocar fondo, pero con toda la cara, y saborear el barro durante largos minutos para deshacerte de un poco de equipaje sin sentido y poco valioso. La tristeza se fue disipando y por supuesto el dolor se fue calmando. Y no anestesiado, como me había ocurrido en varias ocasiones antes, sino parecía como si hubiera podido por fin arrancar de un golpe y sin dejar cicatriz alguna, una losa pesada, insulsa y de color gris cemento que colgaba sobre mis espaldas. Y entonces me liberé. Volví a respirar como si hubiera estado bajo el agua durante horas, durante años, y de repente volviera a la vida. Lo peor había pasado y nada y nada más, podía volver a hundirme. Esto me ha pasado, de la misma manera y con las mismas instrucciones, a lo largo de las otras, tantas y demás tormentas y catástrofes emocionales con las que este Dios tan juguetón y sibarita, le ha gustado dar lecciones a mi pequeña, imperfectísima y alocada alma ( no se cuantas veces he mordido el barro la verdad, ya he perdido la cuenta) y por consiguiente, vida.
Cuando soy feliz, soy terriblemente feliz. Y además con pocas cosas. Bueno, seamos honestos, lo tengo todo en la vida, absolutamente todo. Sobre todo lo que importa. Y mucho más que eso. Y ya no busco la perfección como antes, ya he aprendido y domestico mis malas pulgas y sobre todo abofeteo mi arrogancia y vanidad con todas mis fuerzas. Si algo he verdaderamente aprendido es a sentir el gusto absoluto por esos significantes momentos alargados hasta el máximo de entendimiento, de encuentro con los tesoros naturales de la vida y recogidos con mimo sintiéndome la persona mas especial del mundo. El amor, por supuesto, lo ha tenido todo que ver. Y para mí, siempre será así.
Volví en septiembre esta vez, como el auténtico Ave Fenix. Esta vez si. Recuerdo entrar por el pasillo de nuestro jardin de Hermosilla bailando y dando saltitos (como lo haría al ritmo de la canción “You make my dreams come true” de Hall & Oates)

Dejo de escribir un segundo. De nuevo. No puedo evitarlo.

Abro la pequeña ventana de mi estudio y entra el aire fuerte, sincero y fresco del mar atravesando el pueblo de Santillana del Mar, esquivando torreones de piedra y entrando sin invitación alguna directo a mi corazón… ¿Cómo es posible no sentirse abrumado por este olor?.. Subo la música, y enloquezco por un momento. El olfato es mi mejor sentido y el que más y mejor dirige mis pálpitos.

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3 de Abril. Exterior. Bajo el sol (Sooool!!!!) y 15 grados. Siempre en pueblo de piedra allá por el norte de España (¡qué bonito es este país!!)

Septiembre, sí. ¡Por ahí íbamos en nuestro relato!. ¡Qué largo! Septiembre es uno de mis meses favoritos. Me gusta arrastrarme por los últimos días del verano cuando ya no queda nadie y la naturaleza hermosisima del mundo se relaja, agotada, tras dar cobijo y curar a millones de almas acongojadas. Me gusta el silencio de septiembre, la fuerza del nuevo año, la vendimia, los frutos del bosque… Un mes libre, soñador, esperanzador y desde luego, no muy lejano a la navidad (sí, soy una fanática absoluta de la Navidad)… Entré bailando y a los diez días salí llena de moratones y puñaladas. La felicidad es corta y muy valiosa, casi demasiado costosa pero se queda clavada en el fondo del alma. No eran heridas profundas, es decir, que no tuvieran cura alguna. Pero de nuevo, embarcados con todo lo que teníamos, sufrimos una enorme tormenta ligada a una batalla provocada por los seres humanos, aquellos de una especie que todavía no he conseguido describir en mi decálogo del animal urbano. Darwin, mi querido Charles, lo hubiera encontrado fascinante aunque no hubiera dado crédito a sus ojos y por supuesto a su corazón. Si, aunque intentamos ser lo más silenciosos posibles, fuimos atacados por los más malvados de todos los piratas. Ojo, nosotros en nuestra Perla Negra también somos piratas. Y yo la más Pirata de todos (así es, y no puedo negarlo).

Pero estos piratas no los había reconocido antes y desde luego, no los había conseguido interceptar: navegaban sigilosamente bajo una bandera y una fragua de la corona, y siendo así, no era posible que fueran a lanzar su artillería más pesada contra nosotros. Pero así fue y casi, de nuevo, nos hundieron. De hecho, un ejército esta vez humano y alimentado de nuevo, por mi garganta aullando a grito pelado el manual de supervivencia, remaba sin parar y sacaba agua por doquier de las sentinas maltratadas y agujereadas de nuestra embarcación… Y aquí sigue, despiadado y mortal sin mirar atrás. Este es otro de los múltiples capítulos que han marcado nuestras hazañas de la calle Hermosilla 26 de Madrid, un lugar donde solo debería de respirarse magia, donde dejar en la puerta todos los artilugios de la vida cotidiana, las frustraciones y los malos sabores de boca y dejarse llevar por la imaginación convirtiéndonos todos, en niños perdidos. Y sin embargo, muchas veces aunque no todas por supuesto, navega contra toda clase de mareas con el único rumbo del buen querer (que no siempre va ligado al buen hacer) cargado de un insípido y aburridísimo baúl de mala madera repleto de adversidades, problemas y mucha mala leche.

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¿Qué hago aquí entonces? Seguir, por supuesto.

El final del otoño comenzó siendo bastante más dulce de lo que esperaba, aunque tenía y sigo teniendo sobre mi cuello la lanza preparada para ser ejecutada por esos Piratas de los que por fin conozco la bandera…

Y la Navidad fue perfecta. De hecho la mejor Navidad de toda mi vida. La Perla estaba como nueva, de hecho estaba así gracias a nuevos sobrecargos y marineros de insaciable experiencia que con toda su valentía, coraje y amor decidieron apostar por trabajar a nuestro lado y capitanear nuestra embarcación (qué haría yo sin mis niñas Ana, Cova y Laura): pasé la mejor nochebuena que mi corazón haya nunca sabido imaginar. Y parecía que el cielo azul, el sol amarillo y brillante y la luz de la misma redención estuvieran guiándonos. Habíamos cogido ritmo y navegábamos muy a pesar de todo, con viento en popa y acelerando nuestros corazones. Además, tras un año y medio fuera, Jaime había vuelto y vaya, uno no sabe lo que tiene hasta que no lo puede tocar o acariciar a cada momento. La soledad, para muchos como yo, es necesaria, aunque la soledad sin orden como es la que se apodera de mi vida muchas veces, hace que el mundo de vueltas y de nuevo, tenga ganas de vomitar. Es el lado más infantil de un Pirata: tras la capa, el parche, el gran sombrero y el olor a ron, se esconde una necesidad ( esta de verdad) absolutamente vital de ser queridos, de ser abrazados y de reposar en el mejor puerto que una persona como yo, pudiera haber jamás encontrado. Además, era nuestra primera Navidad sin madre, que es todo lo que mi hermano y yo teníamos de real, y nuestra otra familia, la de sangre, apellido y lejana, nos acogió con tanto amor y más amor que si algo increíblemente maravilloso e inesperado trajo el 2014 fue re-encontrarme con mi familia. Y no una familia cualquiera. La mejor familia que uno pudiera jamás soñar (ya vemos que el término soñar se repite constantemente y no es debido al sueño, jaja).
A principios de Enero y ya en el 2015, parecíamos haber recuperado el rumbo: las sentinas empezaban a secarse, la madera dejaba la humedad a un lado, parecía que habíamos conseguido ganar alguna milla a las embarcaciones enemigas y el borrasca se dispersaba tras un cielo todavía de invierno pero cada vez más claro.
También duró poco. Llegó Febrero, caída en picado, borrasca de los vientos del norte y de repente, estamos ya en Abril. Y aquí suspendo esta historia ya que mis cuentos y mis escritos no son de uso banal para la queja y la desesperación, sino para todo lo contrario. No escribo para lamentarme: como siempre defiendo, no tengo nada por lo que quejarme. Pero era un capítulo que debía vomitar antes de poder seguir escribiendo sobre la magia y los sueños.

Y ahora viene lo realmente interesante ¿Recordáis aquel febrero en el que decidí cambiar de vida?

Creo que fue hace dos o tres años, no recuerdo bien, fue en la consulta de mi terapeuta, sentada en su silla, hurgando en mis debilidades y mirando como llovía sobre el techo tipo veranda del estudio de Juan Carlos. Si si, lo recuerdo muy bien: miraba a mi alrededor y tuve la punzada que cambia completamente el sentido de tu vida. Me di cuenta que yo también, aunque fuera sólo en ese rincón precioso y celosamente escondido llamado y hecho de sueños, podría un día, perseguir una sola estrella polar. La más brillante de todas. Y estoy en ello, pasados estos años, he abierto la compuerta y marcado la ruta: ahora solo necesito el plan.

Y bien, aún todas las tormentas y borrascas, llevando el timón al límite, los marineros agotados, el agua hasta en los calcetines, la biodramina agotada, la madera encharcada y algún que otro intento de sabotaje (es que nunca aprenderé….) aquí seguimossssssss Perla Negraaaaaaaaaaa!!!! Y hasta que el último mástil no haya desaparecido de la faz de la tierra, aquí seguiremos. Y es más, todavía hay mucho más! En el próximo capítulo… (debo ya dejar de ser una maleducada y dejar de nombrar estos larguisimos concentrados de palabras “Post”… Son capítulos más bien apoteósicos y si puedo ayudar a más de uno a coger el sueño de forma natural, me sentiré muy satisfecha…)… –Ehm, me aclaro la garganta– En el próximo capítulo hablaré de cocina y de hacer realidad mi sueño. De cambiar de vida y por supuesto de seguir adelante, como siempre, con los dientes bien apretados. Y sonriente. Que jamás nunca nada ni nadie nos quite la sonrisa. Y empezaré a desvelar los secretos y el lado claro de mi próxima vida.

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Enjoy!!! Y como decía el hombre que me salvó la vida (si, ya lo se, soy muy pesada y me repito muchisimo) : ¡¡Ser Felices!!!!

Os dejo aquí mis pequeñas recomendaciones, no me extiendo demasiado por no causar una enfermedad vírica todavía no identificada y de imposible curación.

– ¿Conoceís el trabajo de las chicas de Gang & the Wool? Son de Barcelona y tiene un lugar mágico al más estilo Veranda o Invernadero a las afueras de la ciudad. Son Floristas, pero también hacen cursos de todo tipo, encuentros con profesionales, cenas clandestinas… Para mi un punto de referencia del buen hacer. Os dejo su link www.gangandthewool.com

– También de Barcelona y siguiendo la tendencia de los Food Trucks (temazo que me apasiona y que bien que los dejen celebrar maldita sea con las leyes urbanisticas de los años 60 de este pais) mi favorito en asboluto: Caravan Made. No depeciona. www.caravanmade.com

– El nuevo libro de cocina recién salido del Horno de los chicos de FOOD52! Promete! Y a parte de fotos increíbles también las recetas son fáciles y apetecibles (muchas veces los libros de cocina con fotografías excepcionales son casi para coleccionar, pero poco prácticos) www.food52.com

– Si os gustan los cómics o como a mí, la historía de las mentes geniales y en especial Mr. Einstein os recomiendo “Los Proyectos Manhattan” de Jonathan Hickman y Nick Pitarra editado por Planeta

– Si queréis tener una experiencia única en el tratamiento del Mani-Pedi, o lo que defino como la mejor pedicura y manicura de Madrid, por favor ir a My Little Momo en la calle Villanueva www.mylittlemomo.com

– Y para terminar, y no porque sea nuestra, y sobre todo por el enorme respeto y admiración que le tengo a Covadonga y a mi marido Jaime que encabezan este proyecto, os invito a conocer nuestra primera tienda online www.federicaandco.com. Le dedicaré un post entero por supuesto, hemos trabajado dos años en ella y aunque vamos poco a poco, estamos muy ilusionados y pasito a pasito llenándola de productos under 25 euros únicos y que es la filosofía de Little Federica (también tendré que hablar de este proyecto pero no puedo hacerlo todo a la vez)

Tienda online Federica&Co

Tu tienda de decoración del hogar, utensilios de cocina y accesorios para el jardín. Encontrarás miles de tesoros y antigüedades para decorar tu casa.

Y aquí me despido, lo dicho. Ya he cogido carrerilla y no voy a dejar de escribir… Y contar mis historias. Por cierto, ¿hay alguien ahí tras tanto tiempo?